¿Estamos simplificando nuestros procesos porque realmente necesitan ser más simples o porque ahora tenemos que implementarlos con una IA?
Todos conocemos el Pareto aplicado al desarrollo: haces el 90% del proyecto en el 10% del tiempo y después palmas el 90% del tiempo restante en el 10% que queda.
Ese 10% suele estar lleno de microajustes, casos no previstos y gloriosos «tengo un cliente al que le gusta que…».
Hasta ahora, esto daba lugar a duelos a cuchillo entre Calidad, analistas, IT y cualquier Stakeholder que pasara por allí, zanjados a menudo con:
«Si no hace esto último que te he pedido, el programa no sirve para nada.»
Por supuesto, ese «último» requisito aparecía seis meses después de ponerlo en producción.
Pero ahora parece que hemos cambiado de estrategia.
Si IT protestaba, se interpretaba como falta de capacidad, ambición o ganas de trabajar. Si una IA no puede implementar el proceso, empieza a resultar más aceptable cuestionar el proceso.
Y aquí, una vez más somos Pandora y Prometeo:
Prometeo: quizá la IA nos obligue a preguntarnos por qué hacemos las cosas así. Si para automatizar un proceso eliminamos cinco pasos absurdos y tres excepciones históricas, estupendo.
Pandora: una cosa es simplificar porque el proceso era absurdo y otra eliminar una excepción porque la IA no sabe gestionarla, o dejar un segmento de clientes fuera porque se salen del patrón…
Porque las excepciones suelen ser poco frecuentes, pero no necesariamente poco importantes.
Y aún nos queda…

Si la IA resuelve el 90% de los casos, dejamos al humano el 10% restante, pero quizá ese 10% contenga el 90% de la responsabilidad.
La IA puede encargarse de lo explícito, repetitivo y previsible. El humano queda para el contexto, el criterio y aquello que nadie supo prever.
Quizá el verdadero cambio no sea que la IA haga nuestro trabajo.
Quizá sea que nos obliga a decidir qué trabajo merece realmente la pena hacer.
